Isabel
Se acaba de nuevo otro año, esta vez más pacífico que de costumbre, pero no desprovisto de inquietudes y deseos de superar metas.

Hace casi un año que me propuse cambios, en lo personal, en lo laboral, en lo mental y en lo emocional. Unos se cumplen mejor que otros, pero no deja de hervir mi imaginación buscando y deseando encontrar.

Me he sumergido en mi profesión, sacrificando más tiempo por intentar esos cambios que creo necesarios para que estos chicos que tengo delante cada día sean capaces de sentirse diferentes. De momento, funciona.

He tomado más conciencia de mi entorno, de la gente que me rodea, de las necesidades de mi familia, de mis amigos, de las mías propias... un poco de egoísmo sano nunca va mal.
Pero soy demasiado nerviosa para conformarme, demasiado idealista para quedarme estancada en un mundo que, si bien es el mío y así lo acepto y reconozco, no me da las suficientes satisfacciones diarias como para llenarme.

Así que voy a tomar de nuevo la maleta y esta vez me voy de cooperante. Sé que no sólo en el tercer mundo necesitan ayuda. Sé que en este país moderno y eurista hay verdaderos focos de miseria física y mental, pero quizá mis recuerdos de India me reconcomen tanto que necesito traspasar fronteras. Quitarme de encima este bienestar que todo lo compra con dinero, y vestirme de ese otro que todo lo gana con sonrisas o trabajo.

Aún no tengo claro dónde voy: Guatemala, Perú, son los destinos posibles. Sea lo que sea, viajaré de nuevo sin secador de pelo, con pantalón ancho y los pulmones llenos. Un mes más de trabajo diferente, un nuevo mundo más allá del mar. Sueños nuevos para el año nuevo y ganas de comenzar.
Isabel
Ya no me come la soledad.
Ya no muerde mis carnes sedientas de caricias.
Se convirtió al fin en amante fiel de mis días,
ella, a quien odiaba.
Laceraba mi alma al son de tristes canciones,
susurraba burlas en mis oídos.
Con el tiempo y el abrigo de la voluntad,
se acostumbró a mi indiferencia,
a mi sordera convertida en crónica.
Se adaptó a un rincón de mi corazón y lo convirtió en refugio.
Ahora respeta mis tiempos.
Respeta los momentos en que la olvido,
mente inquieta que no la deja en paz.
Ahora, al son de aquellas canciones, calla.
Se aparta. Se hace pequeña dentro de mí.
Sabe que no la escucho, que la siento pero que nada me mueve.
Sabe que mi corazón no la dejará vivir mientras me haga daño.
Mis días pasan en su compañía muda... así la quiero, sabiéndola e ignorándola.
Y creo que ella, mi soledad, me ama así.


Charlie Haden & Pat Metheny - The Moon Song

Isabel
Cuando no tengo nada que decir, no digo nada. Por eso a veces este espacio permanece en silencio. Hoy no soy yo directamente la que tiene algo que decir.
Esta mañana recibí una carta, una reflexión de miércoles de alguien muy querido. Un ex alumno que dejó el colegio hace ya... no recuerdo los años. Vive en Holanda, con una beca Erasmus, con su novia, su trabajo, un lindo piso y muchas ilusiones en el corazón.
Cuando aún estaba bajo mi tutela, solía escribirme cartas donde expresaba las cosas que sentía ante la vida, cartas que yo contestaba con reflexiones que siempre le llegaron dentro. Ahora es el alumno el que supera al maestro y me envía estas letras que me dejan boquiabierta y que me hacen pensar que aún hay muchas cosas en el mundo que valen la pena, y una de ellas es educar.

"Coge las rosas mientras puedas, luego se habrá acabado la primavera.
Seremos pasto de los gusanos, porque aunque lo creas o no, todos los que estamos mirando por una pantalla y comunicándonos con el resto del mundo mediante un teclado que suena a máquina perfecta algún día dejaremos de respirar, nos enfriaremos y moriremos.
Cuando eres joven te crees invencible, todo te va viento en popa, te crees destinado a grandes cosas... ¿crees que esperamos demasiado para hacer de nuestra vida un mínimo de lo que somos capaces? Disfruta y haz que tu vida sea lo que tú quieres que sea de ella.
Creo que todos podemos ser inmortales si sabemos hacer que una pequeña parte de nosotros se quede en el corazón de alguien, en el pensamiento, en una pared, en un pedazo de papel, en una melodía, en la naturaleza, en el mar ...

Pensadlo.

Carpe diem. Haz que tu vida sea extraordinaria. "

// idea original de "El Club de los Poetas Muertos", adaptación "made in tzk" .

Por supuesto, eres inmortal.
Isabel
La escuela de música es una vieja casa modernista reformada, muy bien situada en lo más tranquilo del pueblo, justo enfrente de mi casa. Cuando la trasladaron allí fue como estar en otro mundo, porque de repente, a partir de las tres de la tarde, el aire se llenaba de notas musicales.

Pasear hacia la plaza se deseaba lento, para admirar ese piano que ensayaba aquella hermosa pieza una y otra vez, o para captar los matices de las escalas y arpegios que la trompeta o el clarinete dejaban escapar por las ventanas.

Músicos sin nombre, que regalaban arte cotidiano sin saber siquiera que lo hacían. Me sensibilizaba y los envidiaba a la vez. Hasta que conseguí que me admitieran, hace unos pocos años. Desde entonces, yo misma lleno la calle de música el mediodía de los jueves, mientras peleo con los estudios de Lancelot.

Me gusta el aroma de la escalera, me gusta subir hasta mi buhardilla, donde ensayo en una pequeña habitación de techo inclinado y ventanas pequeñas que dan casi a la plaza. Ese camino, los dos pisos que me separan de la entrada, está lleno de pianos, de flautas traveseras, de voces que suben y bajan en escalas a veces casi imposibles. Sobre todo, está lleno de amor.

Algunas veces me paro ante una puerta cerrada y escucho la melodía que me ofrece quien, sintiéndose en soledad y en libertad, toca sus sentimientos y ofrece su corazón. Así lo recibo, anónimo y bello, así lo percibo y así me arranca a veces las lágrimas.

La escuela tiene dentro la magia de la música, el aroma de la clave de sol, la luz que ilumina las partituras que la gente que la habita convierte en puro arte.

Isabel
No. No tengo abandonado mi espacio, ni la gente a la que sigo, ni todo aquello que leo.

Sigo, quizá más en la sombra, la huella de quienes me ayudaron con sus relatos, sus fotos o sus palabras, sus poemas o sus noches, a pasar momentos que quedaron atrás.

Se despiertan las mañanas dulces, envueltas en niebla que flota con esa suavidad que me fortalece. La dulce monotonía de mis días se convierte en la placidez de un orden, de un sentirse a gusto con la vida.

Mi vida como profesora, más llena ahora de lo que estuvo nunca, con proyectos que se multiplican igual que mi ánimo, que me impulsan hacia arriba y me restan tiempo, un tiempo que me sabe a renacer de cosas casi olvidadas.

Mis hijos y mi casa, ahora en reformas, como mi propio corazón. Pintando de color mandarina la pared del despacho y mi propia mirada, cálidos ambos cuando sale el sol, llenos de color cuando se oculta. Entre croquetas sabrosas, caldos y ensaladas de sabores, mujer de delantal y canciones guardadas en los guantes de fregar. Bailando con la escoba si hace falta, después de pelear con el ordenador.

Aprendiendo de nuevo, a diario, como si estuviera empezando una vida escolar desconocida, sorprendida de lo mucho nuevo por descubrir, de lo mucho que me queda por enseñar.
Menos tiempo para volcar aquí mis alegrías, mis sensaciones y vivencias, pero sin dejar de lado lo que me llena... la música, la escritura, la lectura, la poesía.

Días llenos de la dulzura de quien no espera nada y recibe más de lo que imagina... regalo suave de mi vida.
Isabel
Madrugadas oscuras en las que el sueño no llega.
Paseos solitarios por la casa, pasillos fríos con los pies descalzos. La luz de la calle se refleja a través de la ventana entornada; no dan ganas de encender la lámpara, ese brillo que aparece tras el cristal es suficiente para acompañar el insomnio.

No es momento de leer, no es momento de hacer nada, el cuerpo pide poca actividad y la mente se embota moviéndose entre el sueño, el recuerdo, la vida que late tras el alma cansada.

Una copa quizá... y la música. Las notas se desgranan lentamente entre el silencio. La voz, la guitarra lenta y desgarrada, el teclado sensual... eco de sentimientos que se esparcen, curan heridas y acompañan la soledad.

Hace mucho que no quedan lágrimas, hace tiempo que estas noches sólo significan que por dentro te acostumbraste a no dormir. Lo único que penetra en tus sentidos es esa canción, ese modo de decirte que no estás solo... que siempre te acompaña en la distancia alguien que, desde lo profundo de la noche, está viviendo lo mismo que tú. A quien la música mece en sus brazos y hace que, poco a poco, y entre las luces de los coches que de tanto en tanto van y vienen, dejando en el techo su estela de color, se le cierren los ojos y vuelva a dormir, mientras el sol lentamente aparece de nuevo por el horizonte.



Para todos los que, en un momento u otro de la vida, hemos vivido insomnios que parecían eternos. Para aquellos a los que la madrugada les infunde algo más de vida, aunque sea en forma de tristeza.
Isabel
Un visitante llegó y con sus palabras me inspiró este escrito...

Océano que abarca el mundo, que deshace las distancias y detiene el tiempo. Mundo sin fronteras donde no existen obstáculos ni para uno mismo. Así es esta red inmensa, donde viene uno a refugiarse, a perderse, a encontrar o incluso a buscarse.

Mares enteros de palabras que se vierten desde dentro en ejercicios de autoconocimiento, autocomplacencia, autocompasión o incluso autoengaño. Todo eso que nos atrapa, que nos emociona, que nos estrangula el alma o nos inunda de cualquier sentimiento imposible de vaciar.
Lo que nos sume en soledades, en tristezas inconfesables. Lo que nos aleja del halo de superhéroe que nos cubre en nuestro mundo real.

Mares que contienen palabras que nunca serán pronunciadas, llantos que jamás saldrán de nuestros ojos. Cada quién utiliza a su manera la escritura, el bello anonimato de los nicks, la falta de presencia o de censura, el atrevimiento de ser quien es sin miedos.

Lentamente se escapan los sentidos hacia el mar... lentamente se entrecruzan nuestras vidas. Y lo mío es tuyo y lo nuestro, de tantos otros; nos sentimos aquí más humanos que nunca. Cuando veo mi historia en otra historia escrita, cuando siento mis penas en otro corazón, cuando logro la alegría cantando lo que aprendo... o simplemente cuando me doy cuenta de lo poco única que soy, o lo mucho.

Mares de palabras que se vierten en el océano profundo de una red invisible que nos une. Mares que, en lugar de ahogar, desahogan.
Isabel
A veces me pregunto si aún me piensas.
Si, cuando llega la noche, haces un alto en tu frenética actividad y, en esos fugaces momentos, se te pasa por la cabeza que aún existo.

Me pregunto si dentro de tu corazón a veces resucita una vieja brasa que te haga levantar la vista al cielo y suspirar.

Si todavía cierras los ojos un momento y eres capaz de recordar mi acento.

Me pregunto si te queda algo de melancolía cuando escuchas mi nombre en otro rostro de mujer, si despiertas de madrugada y el frío de la soledad te hace recordar el calor de otros días o si, en brazos de otra, puedes imaginar el tacto no palpado de mi piel.

A veces me pregunto si te preguntas qué ha pasado, qué dejamos de hacer o por qué luchamos.

Si no lamentas, en esos instantes en que vuelves a ser tú, el no haber imaginado otras opciones.

Hay veces en que camino por la calle y me pregunto qué harás, a dónde irás...
y me doy cuenta de que soy yo la que no cesa de pensarte.


Isabel
Hay mañanas en las que despierto con el cuerpo frío y el corazón cubierto de escarcha. Cuesta moverse entre esa noche que intenta amanecer y no termina.

Días que se acortan menos lentamente de lo que quisiera y me arropan con una capa de oscuridad que busco iluminar.

Se abren mis ojos y se acostumbran a la penumbra de los nuevos días, sintiendo ganas de que las hojas muertas de mi vida caigan sin dolor y se prepare el cuerpo para recibir, cuando llegue la primavera, nuevos motivos para vestirme de alegría.

Me gusta el otoño afuera, igual que me gusta que me recubra por dentro. Me gusta sentir el quejido silencioso de mi cuerpo cuando, lentamente, busca el calor y la caricia.

Y sé que, en unas horas, cuando salga el sol y pasee por la calle, sus rayos vendrán a tocar mi piel con la suavidad del amante que aparece en sueños para obsequiarme con un diáfano y momentáneo regalo de amor.

Cuando acabe la tarde, mi corazón quedará lleno de esos colores que sólo se pueden gozar cuando el año se torna melancólico; se iluminará de estrellas sobre fondo rojo, y volveré a dormir con este otoño en lo profundo.



Isabel
Mi ilusión, mi sueño, mi tormento

Llegó de tierra extranjera, del otro lado del mar.
Apareció sin pedirlo, sin esperarlo, como un torbellino de sensaciones y sentimientos que siempre había creído que sólo estaban en mi imaginación.

La distancia y el tiempo fueron nuestros aliados al principio, nuestros enemigos férreos al final. Nos amamos como en la vida... nos sentimos como no está escrito. No hay poema de amor que haga justicia a todo lo que nos pasó en estos últimos años.

Escribí versos, prosas, intentando plasmar lo que llevaba dentro, sin conseguirlo nunca; era imposible. Demasiado grande, demasiado fuerte, demasiado... siempre demasiado.
La misma música que nos unió en un principio se nos convirtió en banda sonora de un universo de dos, de un paraíso donde el diálogo entre dos almas se convertía en único y posible.

Construimos castillos y futuros, lidiamos con muchas circunstancias movidos por la esperanza, fuimos hacia adelante de la mano, de cara a una oscuridad que, a ratos nos atrapaba y a mí me daba miedo, y otros ratos era ese mismo terror el que obligaba a avanzar.

Pero ese mismo tiempo y esa misma distancia, conforme pasaban los años, se nos vinieron encima, se nos pusieron en contra, enarbolaron armas poderosas con las que mi extrema sensibilidad y sus propias circunstancias se desequilibraron hasta empezar a doler.
Y ese mismo amor, siempre tan grande, comenzó a clavarse muy dentro, sangrando a cada paso en el que el túnel se hacía más oscuro y más profundo.

De nada sirve pararse a pensar en cómo estallaron las cosas, en cómo el sufrimiento me volvió otra. Ahora el futuro es extraño, ni lo pienso ni lo quiero, ni siquiera lo espero. Sólo dejo que pase el tiempo minuto a minuto.

Lo que siento, ahí está; silencioso, guardado como bomba de relojería. Brasas que laceran, pero que consigo mantener a un fuego tan lento que apenas me doy cuenta.
No pienso, no aparto la vista para mirar más allá. Me mantengo en un camino que no sé a dónde me lleva, ni quiero saberlo, con la misma honestidad de siempre. Y lo que tenga que ser, será.

Me dejas dentro una parte de ti tan pegada como si fuera mi propio cuerpo. Me dejas de ti dos almas en una, fundidas a hierro y fuego. Te quedas con los restos de la batalla, con el tesoro que siempre fue tuyo. Lo demás, que sea de nuevo el tiempo el que decida.

Hay tantas y tantas canciones compartidas... tanta música que nos unió... pero ésta es la que lo simboliza todo.


Isabel
Mi esposo, el padre de mis hijos, mi fracaso.

Mezcla de nostalgia, silencio, paz y culpa.
La cara y la cruz, el agua y el aceite, lo negro y lo blanco... pocos se explicaban cómo habíamos ido a parar juntos dos personas tan distintas. A mí me atraía su inteligencia clara, su capacidad de explorar, de aprender, de crear. Siempre fui más memoriona que creativa, pero él tenía lo que yo soñaba: esa mente que no dejaba de pensar, ese talante científico, matemático, mezclados con una espiritualidad extraña.

Él siempre serio y formal, yo más bien loca e inestable. Él, capaz de darles a nuestros hijos ese equilibrio que yo suplía con fantasía y emotividad. Su amor y el mío... tan distintos, yendo por caminos tan distantes que acabaron por separarse. Porque no supe darle lo que necesitaba, ni él vió lo que necesitaba yo. Porque me pesaban las cadenas invisibles de lo deseado y no obtenido, de lo imaginado y no vivido, y me tuve que soltar.

Y la verdad es que, aunque no me importa volar sola, sí queda dentro de mí la sensación de fracaso, de no haber sabido, ni podido, ni casi intentado amoldarme a una vida que sabía que no era para mí.

Me apena no haber sido lo que él quería, me apenó la mirada de mis hijos. Me dolió en el alma tener que cerrar las puertas a una vida que hubiese sido buena, sin más. Porque yo quería más... yo quería pasiones, quería locura... aquello que pensé que existía en alguna parte fuera de nosotros.

Las cosas pasaron, los sentimientos murieron, menos ese interrogante que siempre seguirá vivo... quizá debí haberlo intentado...


Isabel
En los siguientes tres posts quiero hacer un homenaje especial a los tres hombres que han significado algo especial en mi vida. Lo que les ligó a mí, por qué se quedaron en ella.

Mi mejor amigo, mi primer amor, mi hermano.

Éramos tan niños cuando llegó al parque aquella mañana... ha pasado tanto tiempo... No se hablaba de otra cosa que de la llegada de aquellos chicos al pueblo, de él. Me molestaba tanta atención hacia ese muchacho moreno que tenía la mala costumbre de tirarme pipas al pasar. Pero me ganaron sus ojos, que cerraba como los chinos cuando se reía. Me ganó su humor y su ternura, su aplomo y su forma de ser, aún tan joven.

Los veranos se sucedieron, uno tras otro. Él me enseñó, sin saberlo, quizá sin casi quererlo, lo que era el amor de verdad, lo que se sentía. Él me dió la medida que hoy sigo utilizando para saber lo que llena mi corazón.

Éramos tan jóvenes que se nos pasó el tiempo aprendiendo a ser mayores, aprendiendo a adaptarnos a quienes íbamos siendo, pero era espíritu libre y quiso seguir volando. Y mientras yo jugaba a imaginar futuros, él quería descubrir el mundo.

Durante años nuestras vidas tomaron rumbos separados. El primer amor fue también el primer dolor, la primera separación, la primera vez que luchaba por seguir sin una parte de mí que quedaba atrás. Mi vida, como la suya, tomó otro rumbo, otro espacio, pero un día el destino quiso que volviésemos a encontrarnos.

Hoy han pasado años de nuevo, pero ahí le tengo. Un tesoro de vida, alguien que me conoce más que yo misma, que sabe lo que pasa por mi cabeza aún sin verme. Ahora, que ya no nos late el corazón a medias, sí perdura ese cariño que nos unirá para siempre y que no deseo perder.
Para ti, mi recuerdo y mi homenaje agradecido por todo el amor regalado, por el tiempo compartido, por seguirme sonriendo, por no irte de mi lado.


Isabel
Me irritaban los condicionales. Sobre todo por ese modo de eludir la realidad, por esa elegancia que tiene el tiempo verbal para despistar concreciones.

Soy persona de futuros, presentes o, como mucho, pretéritos perfectos, pero los condicionales siempre supieron sacar lo peor de mí.

Y ahora, para que veas cómo son las cosas... para que veas lo que hace el tiempo, me quedo con ese condicional. Y no simplemente con el de toda la vida, no... con el condicional perfecto, que va más con mi caracter.

Es que habría dado cualquier cosa porque todo hubiese sido diferente. Habría dado mi vida a cambio de otras. Habría movido cielo y tierra, con tal de conseguir lo que deseaba a su lado. Habría estado dispuesta a tanto que ahora casi asusta, viendo cómo se diluye el pasado.

Me volví cauta, instantánea, hija del momento y del ahora. Con una visión de futuro de apenas unas horas. Para qué tanto, a una semana vista, a un mes vista, o a un año, si no sé siquiera dónde estaré para entonces, ni si estaré viva...

En brazos del presente más cercano, que me arrulla y que me viste de certeza, que me calma , me duerme, me vive . Habría luchado tanto si no fuera porque... no quiero pasarme, haciéndolo, el resto de mi vida. Será el futuro el que me guíe ahora, sin condiciones.




Isabel
Grecia blanca y azul... de colores. Vestida de cielo y mar.

Mikonos, viento y olas rompiendo contra las casas, en rojo, azul y verde. Colores, pinturas, molinos, mar.

Kusadasi, el regreso a Turquía, esa tierra de la que me enamoré. De nuevo sus olores, su gente, la belleza de su historia; Efeso, lugar inmortal cuna de cultura.

Patmos, pequeña, de aguas frías y transparentes en las que me dejé mecer, en medio del Egeo.

Rhodas, señorial e histórica, medieval. Tiempos de caballeros, suelos de piedra, posadas que les vieron descansar.

Santorini, bellísima. Volcán destrozado que dió vida a la hermosura de sus casas, de sus calles. Cúpulas azules como el mar, puestas de sol brillantes.

Creta, palacios milenarios, culturas adelantadas a su tiempo, reyes y riqueza que permanecen hoy en ruinas.

Atenas, regia; historia y piedra. Enmudece el alma delante de la Acrópolis, observando las Cariátides, entrando en iglesias y templos.

Un resumen y algunas fotos... lo que me queda de Grecia lo llevo dentro.




Isabel
La primera imagen de Donostia es toda una lucha, donde el verde intenso de los montes y el azul del Cantábrico compiten para ver cuál de ellos es capaz de embellecer más la tierra que contienen.
Castaños, pinos, abetos frondosos, enormes, que ocupan kilómetros de superficie, abrazan el suelo quebrado de arenisca y esquisto.
Bidasoa y mar, penetrando suavemente unas veces, con violencia otras, en el valle o en la costa para darles forma y vida.
Y allí, en medio de una Naturaleza generosa en dones, vive esa gente de caracter, esculpida también a golpe de lluvia, que saben disfrutar largamente de lo que se les regala, que lo convierten a su vez en su propia belleza.
Llenan los balcones de flores con tantos colores como puedan tener, los jardines de hortensias como jamás las vi, pintan las casas de alegría en rojo, azul y verde.



En las caras de los ancianos, un rictus intemporal, casi preludio a un atisbo de inmortalidad, deja a quien los mira con la impresión de que la vida allí es algo especial.


Caseríos y traineras, campesinos y arrantzaleak, barcas plantadas en la tierra, marismas e historia, fiesta y trabajo... un lugar escogido para que el ser humano sea feliz.



Eskerrik asko, Pili, Mariano e Ibon. He sido muy feliz con vosotros. Musuak!!.

Las imágenes pertenecen a distintos lugares de Donostia, Hondarribia y Pasaia (Guipúzcoa, Euskadi).
Isabel
Hoy no voy a escribir yo.
Prefiero que las palabras de un autor francés expresen lo que siento.
Vengo de ver la preciosa película "El primer día del resto de tu vida" y me quedé con la letra. No puedo añadir nada más, no es necesario.

"Una mañana como todas las demás,

una nueva apuesta.

Buscar un poco de magia

en esta inercia sombría.

Renqueando bajo la lluvia,

interpretando el papel de su vida.

Luego, una noche, el telón cae.

Es lo mismo para todo el mundo.

Quedarse de pie, pero a qué precio.

Sacrificar su instinto y sus deseos,

los más esenciales.

Pero todo puede cambiar hoy

y el primer día del resto de tu vida

más confidencial.

Por qué querer siempre algo mejor,

más lejano, más alto.

Y querer alcanzar la luna

cuando se tienen las estrellas.

Cuando las certezas se desmoronan,

en pocos segundos

sabes que el paso de la cuna a la tumba

es duro para todo el mundo.

Quedarse de pie, pero a qué precio.

Sacrificar su instinto y sus deseos,

los más confidenciales.

Pero todo puede cambiar hoy

y el primer día del resto de tu vida

es providencial.

De pie, poco importa el precio

seguir el instinto y los deseos,

los más esenciales.

Puedes estallar hoy,

y el primer día del resto de tu vida

no accidental.

Sí, todo puede cambiar hoy

y el primer día del resto de tu vida

más confidencial".

Traducción personal del tema "Le premier jour du reste de ta vie" de Etienne Daho




Etienne Daho widget by 6L & Daxii
Isabel


Para los momentos alegres, incluso para los tristes.
Para los seres queridos y para los desconocidos.

Para sentir intenso lo que te rodea, y por lo que no contemplan los ojos, pe
ro sabes que existe. Para quitar las arrugas de la vida, y poner las que te dan los años.
Para demostrar lo que vale cualquier detalle,
agradecer lo que se te ofrece, demostrar lo fuerte que eres.
Para hacer frente a las luchas, a los males, a los sinremedios.
Para todo eso, nada mejor que una sonrisa.



Hay tanta cura en una sonrisa, tanta vida por regalar... estos días atrás me llené de sonrisas al descubrir, en la tierra que me vió nacer, cosas nuevas en las que no había reparado en los últimos 46 años. Caminos desconocidos, senderos suaves, montañas que se yerguen orgullosas, ríos de plata que se cimbrean sensuales sobre los prados. El sol, que hace renacer de nuevo las experiencias internas. La Naturaleza exultante de vida, entre la tierra seca y caliente, donde las formas se adaptan y convierten la aparente fealdad en algo maravilloso.




¿Cuánto más queda por sentir?. Año tras año, no puedo por menos que agradecer a mi tierra caliza y blanca que se mantenga cambiante, siempre joven, dejándose acariciar por el agua que la penetra como un amante todavía enamorado, que descubre aún entre sus surcos la belleza que el tiempo le otorga y que le entrega.

Isabel
Existen momentos en que se vive hacia adentro. El único espejo que nos dice la verdad es el del alma, el que te refleja a ti misma, tal y como eres, ese tan difícil de encontrar y tan extraño de mirar.

Una vez lo has encontrado, empiezas a mirar el exterior y, ante ti, aparece una imagen que no esperabas. Una mujer serena, cuya belleza consiste en lavarse la cara y estrenar una sonrisa cada día. A la que el maquillaje le sobra porque no necesita el rimmel para que le brillen los ojos.

El rostro se ilumina y los labios perfilan esa curva que da el sentirse viva. La misma curva que deja escapar la risa cuando juego con mis hijos, cuando los veo crecer y comparto con ellos lo que llevo aprendido.

Es verano y eso anima a vestir la ropa que alegra el cuerpo que cubre. Colores vivos, rojos y lilas, o blancos vaporosos, flores que se escapan de dentro, del mismo fondo del corazón.

Paseando por las calles llenas de niños que juegan, que toman el sol. Encontrando a la gente que conoces, que saludas con el mismo brillo de felicidad, flotando al caminar entre toda la belleza que te rodea, en las personas que sonríen, en los árboles florecidos, en las frutas que te miran, henchidas de aromas y colores, en los puestos callejeros.

Quiero correr, cantar... y cuando me miro en los vidrios de aquel escaparate, veo de repente que se me ha contagiado la belleza del entorno con sólo haberme devuelto la sonrisa.



He abierto un nuevo blog, se llama Territorio Zen. Soy muy obstinada... lo sigo intentando.

Isabel
Puede parecer que nada necesito, porque lo tengo casi todo.
Puede dar la impresión de que mi independencia consiste en ser capaz de vivir apartada del resto de Universo, porque tengo un vasto mundo interior.

Quizá doy a entender que la afectividad no va conmigo, porque no preciso hablar de amor para vivir.

O tal vez que mi empeño en estar en todas partes, saber de todo un poco, tomar con avidez lo que voy encontrando, sin preguntar ni pedir permisos, es síntoma de que la soledad es mi compañera más preciada.

Y sí es cierto que me desenvuelvo sola, que vivo lejos de abrazos amorosos, que me despierto sola en mi cama grande y cómoda, sin dolores de espalda. También que mis hijos me besan, mis amigos me quieren, mi familia me cuida y yo misma he llegado a una claridad tan intensa en mi vida que a veces me deslumbra.

Pero no hay nadie en el mundo que no necesite nada, que no eche de menos algo pequeño, que no tenga algo de vacío en un lugar del corazón. Sea coraza, sea movimiento, sea actividad frenética o esa impresión de seguridad que a veces atemoriza... la cuestión es que soy persona, como todo el mundo.

Dicen que no necesito nada, y ciertamente soy inmensamente rica en tantas cosas... pero aún queda el rinconcito de la nostalgia, del beso, de las manos en la distancia.

No es tristeza. Es la revindicación de que soy humana, pese a mi independencia.

(No se me da bien el zen, pienso demasiado.
Lo mío es hacer jardines de arena y escribir haikus.
Seguiré intentando con el tai chi. Al menos, te mueves).


Arena y velas.
Besos. Versos.
Acariciame, como el sol.
Como el agua del mar.
Piel y mar, sal.
Sin ver, sentir.
Sin hablar, respirar.
Sin moverme, temblar.
Vivo. Sueño.
Necesito. Tengo...
Casi.
Isabel
Noche de San Juan, la más corta del año. Noche casi eterna, de luces en el cielo contrastando con las estrellas. Luces y ruido, fuego y viento, calma y agitación. Fiestas paganas que se funden con ritos antiguos que rinden homenajes a santos. Siempre la contradicción humana.

Día largo de finales y despedidas... empieza el verano, acaba el trabajo, unos se van, otros se quedan a seguir hacia adelante.
Lágrimas por las separaciones, ganas de quedarse con lo que uno tiene... siempre el miedo al fracaso, a lo nuevo, a emprender nuevos caminos. Les miro y sonrío. Yo ya no tengo miedo.

He fracasado, me he despedido, he recomenzado una y otra vez, he perdido, y la vida me sigue llevando por donde quiere. Ahora me dejo.
Noche de mirar al cielo sin tristeza, de descubrir los colores de la pólvora, de las danzas y las músicas mántricas. Me sumo en el silencio mientras, del otro lado del cristal, el ruido ensordece la ciudad.

El fuego quema recuerdos, pasados, purifica y cauteriza las heridas del alma. Bailaría sobre las llamas, a ritmo de instrumentos arcaicos, iluminada por la luna y entregada a la misma Naturaleza en un sacrificio placentero de lo humano.

Frío y fuego, placer y dolor, silencio y sonido reverberando por dentro. Ceremonias íntimas en la noche de San Juan, recordando... siempre recordando lo eterno.


En esta noche
brilla la llama ardiente
de mis sentidos.
Isabel
Quédate con lo mejor que has vivido, con lo bueno que te han dado.
Cuando mires atrás no lo hagas con ojos tristes, imaginando las cosas que pudieron haber sucedido, lo que dejamos en el camino. La vida es algo que transcurre hacia adelante, que fluye como el agua de los ríos: fresca, renovada, limpia y respirable. Que todo lo que nos llegue de atrás sea sólo esos instantes que suman felicidad al alma, siempre lo lleno que estuvo, lo dulce que fue, las sonrisas regaladas, el amor que existió.

Quédate con lo mejor que tienes, porque una mirada estática al momento nos descubre todos los detalles que hacen del presente una belleza. Observa las cosas pequeñas que te hacen sonreir, porque eso es lo que vale.

Lo mejor de la vida es lo que tuvo y tiene su valor. Los momentos de amor puro, las jornadas compartidas que se recuerdan con cariño, el sentimiento en el corazón. Todo lo demás no importa, porque sólo nos deja el regusto amargo que tiñe la mirada y que frunce el entrecejo en un gesto que afea nuestro exterior y nuestro interior.

Pensar en lo que se perdió es un punto de vista, pero siempre es mejor quedarse con lo que se ganó. Con todo lo aprendido, con todo lo que se dió, con los regalos de vida que te hicieron, con lo bueno que sucedió.

Los senderos que vives hacia adelante no te muestran el final pero, si te quedas con lo bueno, hagas lo que hagas y tengas lo que tengas, será camino conseguido, donde no podrás perder al menos el sentido de ti mismo y de todo lo encontrado mientras seguiste andando.



Me quedo con lo hermoso que tuvimos.
Y si al final el tiempo y el camino nos traicionan,
al menos podré decir que he amado
y que tu amor he sentido.
Que lo que tuve te lo he dado
y que de ti he aprendido.
Me queda haber viajado de tu mano,
la música que compartimos,
el tesoro de un cariño iluminado
la esperanza de un futuro no sabido.
Y sea lo que sea de nosotros
creeme cuando te digo
que nada en este mundo ha sido igual
que soñar contigo.
Isabel
Le he dado muchas vueltas a la cabeza, he tenido noches de insomnio en el pasado, me he roto los cascos pensando y pensando, en un momento de la humanidad en el que quien menos piensa es visiblemente más feliz.
He encontrado críticas, feroces en ocasiones. He chocado con muros y han intentado desmentirme y demostrarme que mis conclusiones sobre esta vida no son tales. Y no digo que no pueda equivocarme, que lo hice y sé que lo haré en múltiples ocasiones, pero hoy por hoy hay cosas en las que creo tan firmemente que, incluso a partir de la experiencia ajena, no puedo sino corroborar lo que siento.
  • El amor nos puede salvar, sí, y también de nosotros mismos. Todo depende del sentido que le des a ese amor, de la importancia que tenga, de lo que seas capaz de hacer con él. Hasta los soldados en las guerras sobrevivían por amor. Por amor a los padres, a las esposas, porque ese mismo amor les hacía agarrarse a un clavo ardiendo.
  • No hay mejor entendimiento que el de las miradas. Aunque las palabras puedan decir muchas cosas, nada hay como el mirar al fondo de unos ojos para entender las verdades, las necesidades, el disgusto, el cariño. Nada como unos ojos enternecidos, nada como una mirada fría, para entender a quién estás mirando.

  • Una imagen vale más que mil palabras. Pero una imagen real, no una instantánea del momento. Una sonrisa de un segundo puede ir seguida de un mar de lágrimas, de un instante de ira, tapar un disgusto interno. Las palabras se las lleva el viento, se malinterpretan, se resumen, se cortan y se pegan en el propio entendimiento personal, convirtiéndolas en productos del sentimiento propio.

  • El hombre es un animal social, requiere y necesita contacto físico. No se deja de valorar el aspecto espiritual, propio y único en nuestra especie, pero no dejamos de ser lo que somos, no dejamos de vivir en un cuerpo que necesita un abrazo para no caer incluso en el daño mental. Oler, tocar, sentir la piel, respirar, notar entre los dedos cómo se eriza el vello al contacto de la mano amada.

  • No me importa lo que piensen ni lo que digan. Sé lo que hay en mi cabeza, en mi corazón. Sé lo que hago y lo que digo. Sé a dónde me llevan mis decisiones.
Hay más, pero no creo necesario alargar lecturas para captar esencias.


Isabel
Mujeres maduras. Las que aprendimos, con el paso del tiempo, a medirlo poco a poco. Las que nos forjamos con dolor y miedo, con inexperiencia y sin manual de instrucciones. Las que parimos y amamantamos, y perdimos hijos y luchamos por los que nos quedaron.

Las que vivieron felices hasta que supieron que no comerían perdices... que la vida no era el cuento de hadas que nos explicó mamá, ni se visualizaba en las letras de las románticas canciones que nuestros artistas nos susurraban al oído a través de los auriculares. Ni el amor se escondía en Cumbres Borrascosas, ni los besos los daba Clark Gable, ni las miradas eran las de Redford en "El hombre que susurraba a los caballos".

Mujeres guerreras sin más armas que el tesón y las ganas de salir adelante. Mujeres que con el tiempo nos quedamos solas ante lo desconocido, porque simplemente quisimos cambiar el mundo, nuestro mundo equivocado, desaprendiendo lo que nuestras madres nos enseñaron y que ya no servía en un mundo que gira con vértigo hacia la muerte.

No quisimos aceptar una resignación inútil, no quisimos morir en vida. Quisimos ser protagonistas de una película real donde el final nunca se sabe. Decidimos caminar por senderos de piedras, por caminos inundados de nuestras propias lágrimas hacia el cielo de la libertad, de un amor diferente, de la cima del monte del saber... saber ser mujer, saber ser persona, saber enfrentar vida y lucha, hijos y hogar, muerte y descubrimiento de la felicidad.
Como el vino, como la fruta, mejorando con los años, adquiriendo sabiduría, despertando día a día con la claridad de quien sabe lo que quiere, de quien no se rinde, de quien sabe tomar decisiones, incluso cuando duele el alma.

Sentimos, vivimos, amamos, no nos vendemos ni nos dejamos, luchamos y a veces vencemos, y cuando perdemos, nos levantamos. Porque la madurez no es el silencio ni el olvido, ni la resignación ni lo conformado... es la mirada limpia, el corazón volando, la palabra que se siente, la valentía en las manos.

Isabel
Tengo una ilusión.
Despertarme cada día sabiendo que, más allá de las nubes, está el sol. Que si llueve, se limpia el cielo y si no, se ilumina de azul.

Tengo otra ilusión.
Que llegue agosto y me lleve de nuevo, a través del mar, a lugares de otras lenguas y otra gente. A islas de aguas limpias, casas blancas, risas de niños desconocidos, atardeceres de música, amaneceres que se pierdan en el tiempo...

Tengo una ilusión más.
Ver a mis hijos crecer así... altos por fuera, bellos por dentro, con ese humor que nos hece reir, bailar, jugar, como si aún fuéramos niños.

Y aún queda otra.
Cultivar mis afectos, compartir la vida con los que quiero como ahora, cuidando las amistades, estando alerta a las necesidades de los que me rodean, obsequiando sonrisas y cariño.

Una más...
Hay una ilusión oculta. La de ver al Amor sentado en el banco rojo y negro de la plaza, esperando entrar en mi vida, esperando estar en mi casa. La de emocionarse con los ojos cerrados, la de sentidos mudos, la del beso que no llega... La ilusión de la esperanza eterna.

Y al final, no tengo una ilusión... es un manojo de ellas.
Cuando aparece el verano, se me agranda el corazón y vuelvo a vivir la sensación de ilusionarme de nuevo.

Isabel
MÚSICA.
Baile de notas sobre fondo estrellado.
Ritmos melancólicos en tonalidad menor.
Evocación. Recuerdo. Sentidos que se despiertan al son de instrumentos que hablan en el idioma complejo de las claves sonoras.
Un sitar desgrana ondas que conmueven lo más profundo del alma... más tarde, la voz solitaria de la joven india golpea en mi mente y me transporta de nuevo al templo. Ojos cerrados, pies descalzos, olor a inciensos, mantras susurrados a través del paso de los tiempos.

Música.
Vehículo que surca los espacios.
Gotas de lluvia y cantos de pájaros, selva húmeda, cálida, atrapada en los ritmos monótonos de la percusión de nuestros ancestros. Agua regalada por los dioses ante la belleza salvaje de sus sonidos.

Ruidos repentinos con cadencia propia.
Cristales rotos, el despertador que suena, un cuchillo que cae, gemidos nocturnos del amor... haciendo música.
Miedo, deseo, origen, retorno. Sudor, lágrimas, lluvia, silencio. Sensaciones escritas en fusas y corcheas, en una danza vertiginosa dentro del pentagrama de la vida.

La vida no es más que silencio y música.



Isabel
Para mi amiga Isabel, con cariño.

Dices que tienes que aprender a mirar. Y sin embargo lo que yo he visto es alguien que disfruta de las pequeñas cosas que ve, cosas que ni siquiera yo estando contigo soy capaz de distinguir.

Dices que no sabes... y lo que yo he percibido en los momentos que hemos compartido es que miras con ojos de niña, atentos, artistas, llenos de ilusiones y creatividad.
Te he encontrado como alguien capaz de seguir sorprendiéndose de todo lo que la vida le ofrece, que resuelve sus dificultades con una sonrisa, con esa alegría contagiosa que viene de una vida limpia donde no le debes nada a nadie.

Nos hemos reído como niñas, girando en la noria de unos días de descanso que necesitábamos, que aceptaste como parte del juego del descubrimiento. Te dejaste llevar, recorriendo una ciudad desconocida que poco a poco tomaba otra dimensión a tus ojos. Justo por eso, porque sabes mirar más allá, porque sabes ver lo que pocos ven, porque sabes sentir desde dentro y admirar tu entorno.

He aprendido mucho de ti en este tiempo, corto pero intenso. He aprendido a volver a los juegos de ayer, a tener el corazón limpio y en calma mirando las mismas flores que siempre crecen en mis jardines y de las que casi ni me había percatado hasta que tú te paraste, una y otra vez, para fotografiar esa belleza.

Sabes mirar, sabes ver, sabes ser amiga de verdad, sabes, en una palabra, VIVIR.
Y que nadie te haga sentir nunca lo contrario.

Isabel
Mientras el cielo llueve y los niños ríen,
los días se alargan y el cuerpo se cansa...
Mientras la vida sigue y las heridas sanan,
la comida hierve y el reloj se adelanta...
Mientras la noche aún es fría y la cama ancha,
el alma en pedazos y el corazón en calma...
Mientras la gente se mueve y nacen amores,
se olvidan pasados y la radio canta...
Mientras llega el verano y las golondrinas vuelven,
el sol me ilumina y el mar me reclama...

Mientras todo eso ocurre, el tiempo pasa.


Isabel
Florecen los almendros cuando aún hace frío.
A finales de febrero se abren los brotes verdes y amanecen flores blancas como la espuma del mar. Se recortan luminosas contra el azul del cielo, cada vez más intenso.
Mientras regreso a casa empieza a acostarse el sol, cansado de su latir diario que acompasa al mío. Las flores brillan cuando la luz las hiere en el costado, inundando el cielo de primaveras.
Cuando plantaron los árboles de mi calle, no sabía qué saldría de aquellos tallos desnudos, flacos, que parecía que no podrían soportar el invierno largo y frío que nos azotó este año. Pese a las lluvias, al viento que se llevó los enormes pinos que llevaban años en la plaza viendo los juegos de los niños, ellos se mantuvieron erguidos, jóvenes y orgullosos, pidiendo la oportunidad de llegar a ser. Y fueron.
Hoy son pequeños almendros blancos que alegran la calle, a la gente, mi vista y mi corazón. Fuente de ilusión que anuncia el buen tiempo en el alma, la calma. Fuente de esperanza que une a los seres vivos en una comunión de sentimientos igualados. Si ellos crecen, yo crezco. Si ellos pueden, yo puedo. Si ellos nacen a la vida, yo vivo con ellos.
Flores albas que adornan la vida mientras aún hace frío.

Isabel
"Se despidió el amor, al alba,
mecido por la suave brisa.
Abrió los ojos despertando,
sin prisa.
Pensó en el tiempo pasado,
también en el que ha de venir,
y decidió que ya era hora
de partir.
En el silencio mudo del sueño
descubrió una salida,
al encontrar su esperanza
perdida.
Y en los primeros días de junio
escapó por la ventana,
como el ave que resurge
de la nada.
Volando hacia otros mundos,
buscando un nuevo sueño,
amor de seis primaveras
sin dueño".
Isabel
Es hermoso pasear por Berlín bajo la nieve. Sentir el frío en las plantas de los pies y también en la punta de la nariz cuando alzas el rostro para intentar divisar, entre las nubes opacas, dónde acaba la torre de telecomunicaciones de Alexanderplatz.
La ciudad es amplia, de calles anchas por donde la gente camina ajena a la temperatura inclemente hasta que, cuando anochece, desaparecen en el interior de sus casas confortables, aislados de la noche helada.
Desde la ventana de mi apartamento veo Nollendorplatz, la espléndida estación de metro y, muy cerca, el Goya, sala de fiestas muy privada de bella fachada, sólo para soñadores y trasnochadores.
En tres días, caminando casi incesantemente, se puede ver lo mejor de Berlín. La parte más nostálgica, más oscura de su historia, preferentemente de noche:

Los restos del muro, donde sobreviven los fantasmas de las miradas incrédulas de aquellos que lo vieron alzarse en un momento ante sí, perdiendo de vista a aquellos que amaban. El Check Point Charlie, recordando dónde acababa la libertad y empezaba la miseria. El Museo Judío, hermosa obra de arte por dentro y por fuera, precisamente por su minimalismo y su sencillez aparente. Dejé mi mensaje utópico (quién sabe...) en las granadas del árbol que, lleno de buenas intenciones, preside una de las salas.

Muchos recuerdos del pasado a cada instante, para no olvidar lo que no debe volver. Memoria viva del desastre de los pueblos, de la guerra y el terror, contrastado con el Sony Center, tan moderno, tan fascinante y atractivo, en el que pareces haber alcanzado un futuro lejano.
Pero lo más agradable, el paseo por Unter der linden (Bajo los tilos), amplio, inspirador, en toda su longitud, de románticos momentos, de caminatas interminables bajo la nieve, del retroceso en el tiempo que nos devuelve el mágico esplendor de la bella Alemania.

Isabel
Tantas preocupaciones... tantos conflictos, externos e internos... caminamos por la calle como autómatas, intentando resolver el laberinto diario de idas y venidas del mismo punto de salida al mismo de partida. Laberinto en el que chocamos con nuestros semejantes, que pasan a nuestro lado indiferentes, invisibles, etéreos a veces. No son nadie, no hay que saludar, no interfieren en el mundo interior de nuestro propio pensamiento.

En la soledad de ese mundo frenético de la ciudad a veces nos miramos... rostros grises en su mayoría, perdidos los ojos en meditaciones profundas, en caminares automáticos, en procesos que hacen apretar los puños en los bolsillos del abrigo y, a la vez, también los labios que enmarcan el rostro.

Entre la multitud, levanto mis ojos y percibo una luz especial: por un segundo, tengo enfrente un semejante que sonríe. Le sonríe la mirada, le sonríe la boca, le sonríe el aura que le envuelve en ese breve instante en que cruza a mi lado. No sé a quién vió ni qué captó su atención, pero la calle pareció llenarse de aire fresco.

No sé qué cuesta elevar la mirada hacia los edificios más altos cuando el sol empieza a salir temprano y los inunda de fuego, mezclando de rojos e incipientes azules el cielo. No sé qué cuesta detener un momento la vista en los juegos de los niños, ajenos al frío, al tiempo y a las preocupaciones. Es hermoso pegar la nariz a los cristales de las pastelerías, viendo cómo el chocolate desborda las napolitanas recién hechas.

Motivos de miradas luminosas, motivos de sonrisa callejera.

Isabel
Tengo que aprender a alejarme de los extremos. No son buenos y sí altamente peligrosos.
Tengo que evitar el concepto "demasiado"... demasiado esfuerzo, demasiada entrega, demasiado amor. Demasiada vida, exceso de desgaste, cansancio hasta el agotamiento.
No me canso de vivir, me canso de lo que doy de más.

Es hora ya de que mi sendero cambie, de tomar nuevos caminos. Iguales de intrincados, quizá, pero distintos. Es momento de escoger de nuevo, de empezar de cero, de que me recorra el cuerpo el escalofrío de lo desconocido e incierto.
Dirigir la mirada hacia otro lado, descubrir nuevos horizontes, pero no en una huída en círculo, sin final, donde siempre se vuelve al punto de partida, sino realmente sin volver la vista atrás.

Lo que ha conformado hasta hoy mi vida queda de equipaje; no lo tiro, lo guardo en sitio seguro para recoger todo aquello de lo que deba aprender, pero si no me adentro en las selvas de lo desconocido, nunca sabré qué más pude haber vivido.
Ahora sé que jamás se debe amar demasiado, que es concepto erróneo que actúa al contrario de lo que pretende. El exceso anula, hastía, acaba, frustra, domina y te incapacita.

El amor es para la prudencia, la esperanza, la ilusión, la certeza y, sobre todo, la realidad. El amor es un compartir silencioso, un compartir la vida, con manos y lengua, palabras y miradas, piel y disputas. Nunca demasiado, siempre en su justa medida, la de la libertad del otro.
Mujeres que amamos demasiado, busquemos otros caminos que nos desaten, que desaten a los demás, que nos permitan dar lo que tenemos en su justa medida... y recibirlo.

Imagen tomada de la red.


Isabel
Hay un muro ante mis ojos.
Muro de piedra firme, piedra de dura experiencia, de deseos incompletos, de sueños insatisfechos.
Hay una pared que me separa del mundo, que me vuelve tan irreal como aquello que siento. Extiendo mis manos y no lo toco, otros extienden las suyas al otro lado y chocan con fuerza.

Muro invisible a mi conciencia, hasta el momento en que la violencia de los hechos contundentes me obligan a mirar lo que no quiero... y entonces lo veo.
Alto, duro, implacable, no dispuesto a abandonar la posición que tiene desde hace años... ¿protección? No, aislamiento.

La mente confunde estados, verdades y mentiras rondan y se entrelazan, envuelven alma y cuerpo hasta diluirlos en una masa informe de existencia carente a veces de sentido. Hasta que un día lo ves, alzando la mirada, altivo y misterioso, gris y frío... lo que te ha separado del mundo, lo que no te permite volar, no que no te da más opción que equivocarte, y de nuevo, y una vez más.

Y no es que no desee no hacerlo, pero quiero mi libertad. La de moverme a un lado u otro, la de escoger soledades o buscar miradas, la de elegir si soporto las mentiras o destierro verdades que no son mías.

Queda el árduo trabajo de derrumbarlo, o de pasar sobre él, aprendiendo a escalar las montañas de la vida. Queda seguir mirando lo que te separa de la realidad; quizá el poder del calor del corazón sea más fuerte que la voluntad derrumbada.
Muros que a veces nos envuelven como secretos guardianes a quienes nadie pidió que nos salvasen de nada. No me quiero salvar, sólo quiero mi libertad.





Just a young man
by an old road
by the route he choose.
An ancient song
in an old tongue
for this man was sung.
Oh I'm carrying a heavy load
can't go no further down this long road
it's a heavy load...
By a bright stream
came an old dream
things are never what they always seem
and so he went on
travelling on
now he's a long way from home
Oh I'm carrying a heavy load
can't go no further down this long road
it's a heavy load...

Sólo tú comprendes...

Isabel
... o Cuando a veces el amor no basta.

Pensamientos.

Las flores estaban en un parterre, bajo un árbol cercano al convento. Tuve que acostarme en el suelo para acercarme con el macro para inmortalizarlas.

Mis pensamientos... "Me debo estar ensuciando, pero vale la pena. Son bellos los colores, da gusto mirarlas.
Y lo mío con él también valió la pena... qué pena. Se debe estar ensuciando, aunque los colores que recuerdo siguen siendo bellos. Mis recuerdos... los que creamos de la magia, casi de la nada. Nada... sé que algo queda, sé que hay mucho más, pero ahora no veo nada. Sí, se enfoca el objetivo, el macro funciona bien. Han quedado lindos los pensamientos".



Sueños de mar.

En Barcelona estaba lloviendo, pero allí, en Menorca, lucía el sol. A medida que se ponía, el mar se iluminaba. Espejo de plata donde me asomo, donde me busco... ¿dónde estoy ahora?.

"Pero no, esa no soy yo, es una medusa embarrancada en una roca. Preciosa medusa rosa. Preparo el macro de nuevo, va a ser más complicado. Embarrancada... ahí me siento, de nuevo. Quiero nadar, desenredar esta complicada madeja de situaciones que me envuelven y me aprietan.

Si sigo acercándome así, acabaré cayendo al agua. Caer... por dentro siento ese vértigo de nuevo, como cuando subes en las montañas rusas. A él le gustan ese tipo de aparatos, le gusta la sensación de caer, quizá como la que tiene ahora, como la que tengo yo. Le gustan tantas cosas que me gustan a mí... excepto nadar, eso no es lo suyo. Y ahora hace mucho frío como para intentarlo aquí, si no conservo el equilibrio.

Foto conseguida. Se ve hermosa. Hermosa... me veías hermosa, te veía hermoso, todo era hermoso y ahora el macro de nuestra vida se ve desenfocado. Pero tú enfocas bien, es de las cosas que mejor sabes hacer, y yo... Mis amigos me llaman, quieren que les haga una foto. Luego las cuelgo en Flirck o quién sabe, quizá escriba algo sobre ellas.
Escribir... tú y yo, escribiendo nuestras vidas tantos años. En pensamientos, en sueños sobre el mar. Pero a veces, el amor no basta".

Isabel
Cuando el sol se puso sobre el mar, la luna me sonrió.
Apareció pálida, fina y hermosa, con un rictus de ternura.

El cielo se apagaba lentamente, el mar se dejaba invadir por el fuego de los últimos rayos de sol y éste me miraba a los ojos, desafiaba la fuerza de mis pupilas que no se apartaban de él. Las lágrimas impidieron la ceguera y lentamente mi corazón entró en el letargo y la paz.

Silencio roto por las olas. Calidez en los colores del atardecer del alma. Deseo de atrapar el último rayo de luz y no poder.

Desde el acantilado se murió el día. En el acantilado vi morir mis ilusiones mientras el sol se ponía. Todo mi amor se quedó en el sonido sordo de las olas azules y rojas que chocaban contra las rocas, igual que toda mi vida diluída en el agua salada de mis lágrimas, de mi mar.

Cuando el cielo se oscureció y la luna me sonrió, di gracias por estar viva, por haber amado tanto, por no estar ciega y saber que, al día siguiente, el sol volvería a ponerse sobre el mar.

Quizá no vuelva a calentarme el corazón, pero cuando ilumina el agua fría del invierno, siento que con saber que podré verlo de nuevo me basta.