La escuela de música es una vieja casa modernista reformada, muy bien situada en lo más tranquilo del pueblo, justo enfrente de mi casa. Cuando la trasladaron allí fue como estar en otro mundo, porque de repente, a partir de las tres de la tarde, el aire se llenaba de notas musicales.
Pasear hacia la plaza se deseaba lento, para admirar ese piano que ensayaba aquella hermosa pieza una y otra vez, o para captar los matices de las escalas y arpegios que la trompeta o el clarinete dejaban escapar por las ventanas.
Músicos sin nombre, que regalaban arte cotidiano sin saber siquiera que lo hacían. Me sensibilizaba y los envidiaba a la vez. Hasta que conseguí que me admitieran, hace unos pocos años. Desde entonces, yo misma lleno la calle de música el mediodía de los jueves, mientras peleo con los estudios de Lancelot.
Me gusta el aroma de la escalera, me gusta subir hasta mi buhardilla, donde ensayo en una pequeña habitación de techo inclinado y ventanas pequeñas que dan casi a la plaza. Ese camino, los dos pisos que me separan de la entrada, está lleno de pianos, de flautas traveseras, de voces que suben y bajan en escalas a veces casi imposibles. Sobre todo, está lleno de amor.
Algunas veces me paro ante una puerta cerrada y escucho la melodía que me ofrece quien, sintiéndose en soledad y en libertad, toca sus sentimientos y ofrece su corazón. Así lo recibo, anónimo y bello, así lo percibo y así me arranca a veces las lágrimas.
La escuela tiene dentro la magia de la música, el aroma de la clave de sol, la luz que ilumina las partituras que la gente que la habita convierte en puro arte.











