Isabel
Pasan los años, pasan las Navidades, pero todas son distintas, todas especiales. 

No hago propósitos, que luego no los cumplo. Pero sí tengo deseos, porque aún creo en la magia, en todas las magias. 

Magia fue lo que ocurrió hace dos años, cuando enero me trajo el primer año de felicidad en muchos, que se han seguido repitiendo. 

Magia es lo que ocurre día a día, cuando río y cuando siento, cuando se me sube la tristeza a la nariz y sé que es porque estoy viva y tengo sensibilidad. 

Cuando miro a mis hijos y les veo crecer. Cuando me miro al espejo y me veo envejecer... lentamente y con estilo. Me gustan las Navidades sin nieve en la ventana y con calor en el corazón, con los síes y los noes, con las ganas de seguir intentando, consiguiendo, luchando, aprendiendo.

Magia es vivir la amistad en muchas dimensiones, conocer el lado bueno de la gente, rodearte de aquellos que te hacen sentir que todo vale la pena. Magia es seguir sintiendo que el amor existe, allá donde esté, escondido y sutil, pero siempre dentro de ti. 

Porque no necesito volver a casa por Navidad... la llevo en el interior, mi hogar está donde esté yo, donde mi sonrisa quiere, donde enciendo una vela y bailo en la oscuridad. En las letras de este blog, en las vuestras. Ésta es otra Navidad; de nuevo, la mejor.
Isabel
Para que el hombre nos entienda, para que cese la violencia, para que nosotras sepamos ser quienes somos y hacer de ello un arte. 

Una mujer muy mujer aprende la diferencia entre vivir sola y ser solitaria. Comprende la dulzura de su hogar, con su toque especial, la calidez de las luces y el color de las paredes. A nuestro modo. Mientras el teléfono suena y la agenda se completa... dejando, de vez en cuando, momentos para esa soledad voluntaria de pijama, película y copa de vino.

Aprendemos a gustarnos y a querernos, independientes y libres, observando opiniones ajenas y guardando tu propio juicio para la decisión final: cada una de nosotras sabe lo que quiere de su ropa, del corte de su cabello, la largura de sus faldas o el alto de sus tacones. Y el "me gusto" del espejo prevalece sobre todos los demás.

Somos madres amantísimas y a tiempo completo, para rotos, descosidos, organización de cumpleaños o arreglos de ordenador. Las abnegaciones y sacrificios nos quedan lejos, porque funcionamos a base de amor y vida, de apertura, diálogo y luz. 

Amantes de fuego, incondicionales, tan capaces de escuchar en el silencio como de llenarlo de besos. O saltar a sus brazos y llevarle al cielo. Desde el respeto, desde la iniciativa, en momentos bajos, de soledad compartida, hasta en el mismo infierno. Compartiendo mundos de dos donde no caben violencias, ni maltrato. Donde dos son iguales, en el amor y en el desenfreno. 

Al final, lo que gusta de la mujer muy mujer es la sonrisa y la seguridad. Lo que gusta es que te gustes, y que bordes el sentido de tus movimientos al compás de lo que sabes y lo que vives. Feminidad, sabiduría, equilibrio, satisfacción... armas de mujer convertidas en armonía, en una obra de arte en la que no importa el envoltorio, sino sólo el magnetismo en el que todas, TODAS, somos canción. 

Vivamos con orgullo de ser madres, amantes, mujeres. De sentirnos guapas, de sentirnos bien. Obras de arte, llenas de luz.


Isabel
La mañana no empieza muy pronto (por fin). El sol ya está alto cuando desayuna en la terraza, llevándose la taza a los labios con parsimonia, saboreando el Cola Cao que sigue tomando como cada día desde que tiene uso de razón.

Mira los geranios... los primeros que tiene en años. Nunca se le dieron bien las plantas, pero ahora tiene la paciencia y el tiempo que antes no tenía y lo quiere volver a intentar. Parece que esta vez sí, las flores rosadas están abriendo, los brotes verdes apuntan. Sonríe.

Arregla la casa, lo justo y necesario porque, en las temporadas que pasa sola, apenas se necesita un ligero mantenimiento diario. Todo reluce a su alrededor, todo tiene su sitio.

Casi a mediodía se sienta a leer. Ahora sí hay tiempo. Los libros se agolpan en la memoria del eBook y en sus ganas de devorarlos, de adentrarse en personajes y en circunstancias. Murakami y su Tokio Blues descargan sus pasiones página tras página. Sumergida en la lectura, el tiempo pasa sin apenas darse cuenta.

La comida, un capítulo de una serie de humor, otro rato de lectura... un paseo por la calle cuando el sol cae y ya no envuelve todo con ese calor espantoso de pleno verano.

Hasta la hora de dormir. Apaga la luz y cierra los ojos. Nada más. No hay pensamientos, no hay emociones, no hay impaciencia ni tampoco esperas. No quedan ansiedades vanas ni miedos, se borraron sentimientos que angustiaban. Sólo queda el sueño reparador.

Después de nueve meses de arduo trabajo, esos días de soledad veraniega le traen paz, le dejan el sabor de boca de la vida que transcurre, que fluye, sin más...

Mañana será otro día y Norvegian Wood seguirá sonando en las páginas de Murakami. Y quizá muy, pero que muy profundamente, sus ecos en algún lugar de lo más hondo de su corazón.



Isabel
Casi mediados de junio y siento algún que otro escalofrío. La temperatura no es lo que debiera ser, muchos días en gris y sin sol.

Mientras intento escribir algunas palabras más del artículo que debo entregar a final de mes, voy y vengo en mis pensamientos... quizá porque me resulta más difícil escribir bajo pedido que cuando las ideas vagan libres y los dedos bailan con ellas. Y mis pensamientos a veces se escapan hacia atrás, hacia mi mundo irreal, el que inventé un día para mí y que me costó trabajo aceptar que no era más que producto de una imaginación enfermiza e hipersensible y de una necesidad terrible de afectividad.

A ratos aún siento ramalazos de esa necesidad, pequeños latigazos en las sienes que me transportan a sueños imposibles. Ahora, sin embargo, todo es distinto porque soy consciente de lo que son, de lo que soy y de lo que tengo que hacer.

Desconecto rápido. No sé bien cómo lo hago, pero sé que lo hago. Hay una especie de interruptor en mi mente, con clic incluído, que apaga la irrealidad y me devuelve al mundo tangible. Y, con él, se apagan también la necesidad y los sueños.

Mi vida real se expande a través de la ventana que tengo enfrente, se envuelve de los ruidos de la calle y, sobre todo, de la tremenda sensación de que, en lugar de estar escribiendo todo esto, debería acabar el artículo que me pidieron.

Quizá mi destino es vagar eternamente entre ese punto irreal que se esconde en el fondo de mi mente y lo que en este momento me rodea.


Isabel
Tierra, mar y fuego.
Contraste de negros y rojos, azules profundos y verde esmeralda. Nunca el lado salvaje de la Naturaleza dejó entre nosotros tanta belleza agreste.

Volcán de fuego que arrasó el suelo y dejó a su paso una estela de paz. Mar inquieto, sabiendo siempre que la lava volverá a introducirse en su seno un día, caliente y lenta.

La tierra que César Manrique amó y en la que vertió su arte, transformando el viento en juego, la piedra en escultura, el color en vida.

Carnavales, momentos de unión, despliegue de imaginación para dibujar sonrisas en propios y ajenos.

Las cuevas, los miradores, el secreto que guardan Los Verdes... los mercados y las flores, los pueblos dormidos. Las pequeñas islas de playas solitarias donde sólo el murmullo del mar interrumpe el atardecer.

Y la caricia del sol, en cualquier momento del año. La piel tocada por la fortuna, los ojos se cierran y la música del viento se deja oir. A veces la lluvia... torrencial, rápida, que devuelve la vida.
Es mi visión de una isla ideal, a la que acudir de nuevo siempre que quiera congraciarme con el mundo.